viernes, 1 de noviembre de 2013

Primera Parte "Capítulo 3"

                                                              Amores Conectados
                                                                  "La llegada"

En el asiento de al lado del micro en el micro se había sentado un chico que había subido dos pueblos después que yo y que lo único que hacía era jugar con el celular. Pensé en pedirle que apagara el aparato, o decirle que al menos tuviera la delicadeza de jugar en modo silencioso: en modo silencioso el celular, y en modo silencioso él, que no paraba de lamentarse o festejar en voz alta de a acuerdo de como le iba el partido. La verdad, no me interesaba estar al tanto de cuántos goles le hacían sus contrincantes. Pero cuando le hablé él pensó que yo quería hacerme un amigo nuevo y se puso a hablar. Tenía trece años, estaba viajando solo, su abuela iba a ir a buscarlo a la terminal cuando llegáramos. Dijo que iba a vivir con ella porque sus padres viajaban por trabajo un año entero y no podían llevarlo con ellos.

-¿Son corresponsables de guerra, espías, o qué? -Le pregunté, con interés verdadero y un poco de ironía-

No me entraba en la cabeza que unos padres no pudieran llevarse a su hijo, a no ser que se tratara de algo realmente peligroso. Tal vez mi pregunta estuvo un poco fuera de lugar, porque el chico se puso pálido y no me respondió. Me sentí una idiota por haberle hecho el comentario así y decidí no decirle nada del ruido que estaba haciendo con el celular. Volví a mirar la llanura a través de la ventanilla del micro, él volvió a su juego. Sentí pena; creo que también me sentí un poco identificada. Lamentablemente, yo sabía perfectamente bien cómo se sentía que tus padres te abandonaran. Mi papá nos había dejado solas, a mamá y a mí, algunos años atrás. A veces pensaba que si algún día lo entendía por qué lo había hecho tal vez podía llegar a perdonarlo.
En algún momento el cansancio me había vencido. Cuando desperté, ya estábamos casi llegando a la ciudad. Dicen que cada vez que dormimos soñamos. Siempre. Aunque eso fuera cierto, si al despertar no recordamos nada (como me pasó cuando desperté en el micro ese día) es como si no hubiéramos soñado. Todo lo que no recordamos, de alguna manera, no pasó. Pero todo lo que experimentamos, lo que sentimos, siempre es real. Por eso supe que la ciudad iba a querer aplastarme, como dice mamá, que hacía yo con las hormigas cuando tenía dos años, y que para salir viva de ese lugar iba a tener que hacerme todavía más fuerte.
Me desperté de un sacudón en el asiento del micro, las bocinas del millón de autos que intentaban bajar a la vez en una de las salidas de la autopista me hicieron creer, por un momento, que nuestras vidas estaban en peligro. Pero no, era la forma normal en que la gente de la ciudad se comportaba, energética, envidiosa, como si hubiesen pasado una semana atascados en esa salida de la autopista y ya hubieran perdido la paciencia. Miré al asiento del chico, para ver si a él también le molestaban tanto como a mí los bocinazos, pero dormía. El micro siguió de largo y atravesó un puente sobre el río que bordeaba la ciudad. Bien, cerca de nosotros estaba el puerto, en el que se apilaban montones de containers azules, amarillos y verdes, que desde la altura a la que estábamos parecían cajas de zapatos. Atrás del puerto continuaba la línea de la costa, poblada de edificios modernos bajos intercalados con algunos rascacielos. Un barco se movía despacio en el agua, en el medio de todo ese desorden (o ese orden que yo todavía no llegaba a comprender), como si estuviera a salvo del apuro que parecía dominarlo todo.
Antes de que el micro abandonara el puente, llegué a contar otros cinco puentes, alejados, que se achicaban a medida que se acercaban al horizonte. En las veredas a ambos lados del río, incontables, manchitas negras y grises trasladaban de algún lugar hacia algún otro lugar. Esas manchitas eran personas. Nunca en mi vida había visto tantas personas juntas.
El conductor manejó unos minutos más hasta que llegó a la terminal de ómnibus. Esperé a que todos los ansiosos que se habían apelmazado en el pasillo lograran bajar, para que se despejara el área. Abajo iban a estar esperándome mi tía y mi prima, que eran familia, sí, pero decir que eran familia era sólo eso: una forma de decir. No nos conocíamos. ¿De qué íbamos a hablar cuando estuviéramos cara a cara? Probablemente, de lo mismo que habla la gente cuando no tiene nada de que hablar. Del clima, de como fue el viaje... esa serie de preguntas inofensivas que ayudan mucho a fingir que se lleva un espacio que en realidad sigue vacío.
Bajé las escaleras del micro con el ticket del equipaje en la mano. Adelante mío bajó el chico, que corrió rápidamente hacia una mujer que, sospeché, era su abuela. Mientras el conductor me entregaba las dos valijas, vi que mi compañero de asiento me saludaba con la mano. Habíamos llegado a la ciudad. Estaba ansiosa, y nerviosa. Todo lo que me esperaba era completamente nuevo

Primera Parte "Capítulo 2"

                                                                  Amores Conectados.
                                                              "Un extraño recuerdo"

Resignada a no poder dormirme, y aceptando que estaba ansiosa y que lo único que iba a sacarme la ansiedad era que el tiempo pasara y el reloj marcara las siete, me senté en la cama. Un destello llamó mi atención. Miré hacia mi escritorio. Ahí estaba, casi oculto entre las cosas que había preparado para el viaje, el collar que papá me había dejado antes de irse a Estados Unidos.
Extrañamente, algo lo había hecho brillar, imagino que la luz de la luna. Era un espiral de acrílico azul, del tamaño de una pequeña nuez, que papá había hecho engarzar para mí a modo de dije. Había sido otorgada "A José Fernandez, por sus aportes al diseño de redes sociales". ¿Qué redes? ¿A quién le entregó el premio? ¿Y por qué tiene forma de espiral"? Es irónico.
El único recuerdo de mi padre es un recuerdo que no puede entender. Lo dejé a la vista para no olvidármelo.
¿Fue la espiral? ¿Fue el recuerdo de papá? No sé bien qué, pero algo hizo que finalmente me deslizara con suavidad hacia el sueño. Sería injusto que después de tantas horas de insomnio y de preguntas sin respuesta, a punto de embarcarme en un proyecto que me despertaba tantos temores como ansiedades, yo no tuviera, ni siquiera, el consuelo de soñar algo placentero y hermoso, ¿no? Pero el mundo está lleno de injusticias. Y en lugar de aterrizar en una playa de arenas blancas con frutos tropicales y aguas cálidas, soñé algo espantoso. Estaba frente a una computadora a la que necesitaba acceder para salvar mi vida (¿salvar mi vida de qué?). La computadora tenía un reloj, sobre el que había un dibujo de algo parecido a una estrella, o a un sol, y el reloj iba descontando los segundos me quedaban de vida: treinta, veintinueve, veintiocho, veintisiete... Pero no podía entrar en la computadora porque desconocía la clave. ¡Si papá estuviera conmigo!
Papá, era experto en las redes virtuales... Pero estaba sola. ¡Sola en el mundo! Ni un zumbido extraño, agudo y penetrante, hacia que me doliera la cabeza, como si fuera a estallar. Hasta que aparecía alguien. Un chico sonriente y amable me prometía que iba a ayudarme si yo confiaba en él. Esto (confiar en él) era lo único que tenía que hacer. ¿Pero cómo confiar en un chico que de pronto se transformaba en un vampiro, ahora en un monstruo, ahora en un anciano, ahora en el tío Adolfo, ahora otra vez en un chico amable y sonriente?
Entonces cuando el reloj estaba a punto de pasar de uno a cero (y ya saben lo que pasa cuando un reloj te marca los segundos que tenes de vida pasa de uno a cero) mamá, más oportuna que nunca, me rescató de la pesadilla.

-Son las seis Vicky -Me dijo-. Vamos. así tenes tiempo de bañarte y desayunar
-Ayudame, ayudame... -Dije yo, desde ese lugar impreciso que está justo entre dormida y estar despierta-
-¿Que te ayude con qué? -Me preguntó-

Abrí los ojos. La luz de la lámpara empezó a traerme de a poco al mundo real. Los gritos del gallo me recordaron, definitivamente, que estaba a punto de abandonar Santa Elena.

-Perdón, estaba soñando
-¿Qué soñabas? -Preguntó mi mamá, pero parecía estar pensando otra cosa-

Le dije que no lo recordaba exactamente. Me miró en silencio, y en sus ojos pude llegar a ver un dejo de tristeza, o tal vez de emoción, porque su hija había crecido y estaba a punto de irse para empezar su vida nueva, propia, lejos de sus cuidados y su protección. Me agarró la mano con fuerza, para decirme -sin ponerlo en palabras- todo lo que iba a extrañarme. Y después me dijo:

-¿Te parece que los tíos te van a tratar bien?

Ni bien terminó de decirlo, pareció arrepentirse.
Tenía miedos, pero no quería que esos miedos me llegaran a mi.

-¿Qué clase de pregunta es esa? -Dije, simulando seguridad-. El tío Adolfo dijo que va a tratarme como una hija
-Tenes razón, qué tonta soy a veces... y son -Rió, y se puso de pie, y empezó a ordenar algunas cosas que estaban tiradas en el piso de mi habitación-

Mi madre era una mujer voluntariosa, cariñosa y fuerte. Pero desde que papá no estaba algo en ella se había roto, y ahora me parecía tan frágil que a veces tenía miedo de que un día se quebrara en mil pedazos. Van a tratarme como a una hija... pensé, repitiéndomelo en la cabeza, para convencerme. Me agaché y busqué las pantuflas debajo de la cama. Busqué en un cajón de mi escritorio la carpeta naranja en la que escondía las hojas del diario de papá que había encontrado hacía mucho tiempo, en una caja caída entre una pila de ropa en el placard de mamá, y la guardé en el bolso. En esas hojas había muchas anotaciones que no entendía, pero que algún día iba a entender, y las tenía siempre a mano porque temía que pudieran perderse. Sentía que en esas hojas se escondía parte del secreto de papá. Parte de lo que algún día iba a explicarme muchas cosas sobre su partida.
Mientras me vestía, recordé las palabras de mi madre. Y las de mi tío. Van a tratarte como a una hija, Victoria..., me repetí. Como a una hija. Y de pronto, otra vez sentí miedo. Recordé al hombre del sueño, un recuerdo que de a poco empezaba a borrarse, a irse a ese lugar casi inaccesible al que se van todos los sueños a medida que pasan más y más minutos desde que nos despertamos. El tío Adolfo va a tratarte como a una hija, Victoria, pero... ¿cómo tratará a su hija el tío Adolfo?

Primera Parte "Capítulo 1"

                                                           Amores Conectados.
                                                   "Demasiado joven para morir"

Busqué el reloj despertador de la mesita de luz y lo acerqué a la ventana para poder ver. Faltaban sólo dos horas y media para que fueran las siete, y a las siete salía el micro que iba a llevarme a la ciudad. Muy lejos de Santa Elena, de mi madre, de mis amigos... De todo lo que había sido mi mundo hasta ese momento. En mi estómago, revuelto, se agitaban las contradicciones.
Irme de Santa Elena me inquietaba y entusiasmaba casi por igual. De Santa Elena, un pueblito con un par de miles de habitantes, ya sabía casi todo lo que había empezado a sentir que me quedaba chico. En cambio en la ciudad era una hoja en blanco, y las posibilidades parecían infinitas. Se abría una puerta, y nadie -Ni siquiera yo- sabía lo que podía encontrarse del otro lado. Por eso estaba un poco intranquila; por eso y también porque iba a mudarme a la casa de unos parientes de los que sabía poco y nada, y me daba mucho miedo no sentirme cómoda, no llevarme bien con ellos. Pero mudarme a un departamento para mí sola tampoco hubiera sido tranquilizador, ¿no? Sola, en la gran ciudad. No. Estar al abrigo de una casa familiar y en compañía de unos parientes, sin importar los geniales que fueran, parecía un plan mucho mejor. Al menos no iba a tener que preocuparme por cocinarme y lavarme la ropa...
La pregunta que me rondaba sin parar, era especialmente en los últimos tres o cuatros días, cuando la partida ya había empezado a ser algo inminente, era; ¿qué iba a pasar con mi vida a partir de ahora? Tenía de que allá no me esperara nada demasiado grande, ni espectacular. Y faltan apenas dos horas y media para enfrentarme con mi futuro. Volví a apoyar el reloj en su lugar, me recosté boca arriba, y cerré los ojos para intentar dormir aunque fuera tan sólo un rato.
Imaginé esto: el micro que me lleva a la ciudad choca de frente con un camión y vuela por el aire. Da tres vueltas, o cinco, y cae destrozado en un campo al borde de la ruta, cerca de unas vacas que siguen pastando como si nada, porque si yo muero el mundo sigue su curso, ¿no? Como si nada. ¿Y por qué estabas pensando esas cosas horribles, Victoria? Sos joven. Deberías tener mucho tiempo por delante. Pero nunca se sabe.
Papá también era joven... Nunca se es demasiado joven para morir.
Abrí bien los ojos y observé, en penumbras, todo lo que formaba mi cuarto. Mis cosas. Las cosas que había ido juntando en diecisiete años y que iba a tener que abandonar ese día: estaba a punto de irme con poco más que unas valijas y un par de libros. Paseé la mirada por el cuarto. ¿Qué buscaba? No sé bien. Algo. Cualquier cosa que me tranquilizara, o que me ayudara a distraerme hasta sacarme de encima el insomnio. Cuando era más chica y no podía dormir también me quedaba horas buscando algo en la penumbra de la habitación. Pero ese entonces, con la imaginación exaltada por libros de aventuras y por mi corta edad, encontraba muchísimas cosas... La puerta de mi cuarto había sido cerrada por la reina malvada que me tenía cautiva en la torre; las ramas de álamo en mi ventana eran las garras del dragón que no dejaba que el príncipe me rescatara; el cajón de mi escritorio, el cofre mágico que guardaba un secreto... Sonreí con algo de nostalgia. Había sido lindo creer en todas esas cosas en mi infancia, pero también me hacía sentir bien poder verlo a la distancia y darme cuenta de que había creído, y que así y todo el futuro aún tenía un montón de interrogantes. Aventuras, tal vez no mágicas, pero aventuras al fin. Si la magia existiera yo hubiera podido hacer algo para que papá volviera a vivir. Pero no.
La magia no existía. Los tiempos en los que creía en la magia y en cuentos de princesas ya había quedado definitivamente atrás.
Por ejemplo, y entre nosotros, el futuro inmediato me deparaba este interrogante: ¿cómo iba a ser vivir con esos familiares casi desconocidos? Estaba por mudarme a la casa de mi tío Adolfo, el hermano de papá, que vivía con su esposa Lucrecia y su hija Bruna, una prima que había visto menos de diez veces, en cumpleaños o navidades, y que desde hacía años (por lo menos desde la puerta de mi papá) no había vuelto a ver. Una vez le había escuchado decir a papá: "La familia te toca, los amigos se eligen". Y era cierto. Cada vez que pensaba que el tío Adolfo y papá eran hermanos, volvía a sorprenderme. Podía encontrar menos parecidos entre ellos dos que entre una hormiga y un elefante. Adolfo, un hombre de negocios, abogado, que se había radicado en la ciudad para ganar plata y hacer una carrera ambiciosa.
Y José, un físico que nunca pareció interesante mucho en el éxito económico, que en cuanto pudo vino a Santa Elena conmigo y con mamá, para seguir investigando, para poder llevar adelante una vida tranquila que hasta dejaba tiempo para cultivar una huerta en su jardín...
La culpa de todo la tuvo su talento. Eso fue lo que lo mató. Su talento y la sensación que tenía de estar trabajando en algo importantísimo, en un proyecto del que nunca supe demasiado pero que, decía papá, podía representar un paso enorme para la humanidad, Sentía odio y orgullo hacía mi padre; odio y orgullo casi en la misma proporción. Si él no hubiera viajado a Estados Unidos, a trabajar en esa universidad, todavía seguiría en Santa Elena, con mamá y conmigo. Ya dos años antes de su muerte había casi dejado recibir noticias suyas. Las llamadas fueron espaciándose, los correos electrónicos dejando de llegar. ¿Por qué? Nunca lo supe, y tal vez ya nunca iba a saberlo. Giré en la cama, otra vez hacia el reloj.
Las cinco menos diez de la mañana. ¿Por qué tenía tan pocas ganas de irme? De pronto, me sentí una desgraciada. El tío Adolfo había ofrecido pagarme todos los gastos para que yo pudiera hacer mi propio camino en la ciudad. Algo que, sin esa ayuda económica, yo ni siquiera podría haber soñado.

Sintesís

                                                        Amores Conectados.

¿Alguna vez viste de la ventana de tu cuarto cómo el cielo cerrado de la noche iba poniéndose más y más transparente y vos seguías sin poder dormir? ¿Alguna vez sentiste que al día siguiente tu vida iba a cambiar de rumbo, pero no sabías qué rumbo iba a tomar? Esta historia empieza en una noche así, en un pueblo llamado Santa Elena, y va a pasar por mil y una otras noches y ciudades y tiempos... Pero todo eso viene después.
Aunque falta muy poco para que el gallo del vecino se ponga a cantar, todavía está oscuro. En el piso de arriba de esta casa, una casa blanca rodeada por una cerca de madera, hay una chica recostada en su habitación. Esa chica iba a llamarse Sofía (porque Sofía significa "saber", y para su padre, José, un científico el saber era algo casi tan valioso como la felicidad), pero dicen que cuando nació abrió los ojos inmensos, algo bastante extraño en un bebé recién nacido, y no lloró. Su padre, entonces, le puso Victoria por "triunfadora y vencedora." Esa chica de pelo rubio, tapada hasta la nariz (porque hace frío y porque tiene miedo), esa chica que mira los dibujos que hacen las sombras de los álamos de Santa Elena (los árboles que tal vez no vuelva a ver por mucho tiempo), Esa chica se llama Victoria Fernandez.
Esa chica todavía no sabe que dentro de algunas semanas su vida correrá peligro. Esa chica soy yo.

Mi ask http://ask.fm/BeluuAlbaZampinita

Esta es una adaptación de Victoria y Marcos de la novela "Dulce Amor" al libro "El secreto Aladina" de Gabriel Corrado. El diálogo va a hacer el mismo que el libro. También, esta idea está buena porque hay gente que quiere ese libro y no lo puede conseguir; entonces lo puede leer por acá.
Los nombres de los personajes son los mismos, excepto:

Victoria= Clara.
Marcos= Sharif.
José: Gustavo

Como ya lo dije, el diálogo es el mismo al igual que las características. Espero que les guste. Besos.